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Hipólito Bouchard: la Argentina al palo mayor

bouchard

Por Miguel Lerner
San Carlos de Monterrey (Alta California) escenario de las aventuras del Zorro, del capitán Monasterio y el sargento García. 22 de julio de 1818…
Nuestro personaje (maltratado por nuestra historia oficial) es Hipólito Bouchard, de nacionalidad por nacimiento francés; luego ciudadano de las provincias unidas.
Esta historia, comienza en realidad con la revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad); con la aparición de Napoleón.
El comienzo de su caída provoca el renacer de las monarquías. Muchos hombres vieron como la revolución se desvanecía, junto con sus sueños; pero en América latina, esos sueños, esa utopía recién estaban naciendo y para esta América vinieron; esta América revolucionaria con el fin de destruir el despotismo y la barbarie colonial. Los colonialistas que nunca faltan -aun hoy- a nuestro personaje lo trataron de pirata, ladrón… pero él se definía como un hombre libre que sabe despreciar su fortuna y su vida para defender los derechos de los hombres libres.
Fue corsario y su mejor premio fue ser considerado por la marina española como el mayor peligro para los barcos del rey.
Hipólito Bouchard nació el 15 de abril de 1780 en Bormes, cerca de las famosas playas de Saint-Tropez en la Costa Azul de Francia.
Muy joven se incorpora a la marina; participando en la campaña de Napoleón a Egipto. Bajo las ordenes de su tocayo y su maestro, el corsario Hipólito Mordel, a los 26 años por lo antes citado decidió ir a América; llega a Buenos Aires mientras se producía la segunda invasión inglesa; mostrando su valor al colaborar en la reconquista a las ordenes de Liniers (otro francés con final trágico, fue fusilado). El caso es que este muchacho de Saint-Tropez tenia ideas liberales y revolucionarias. Por aquellos años no era esta forma de pensar (liberal y revolucionario) contradictoria como sería en la actualidad sino que complementario.
En 1810 se produce la revolución y nuestro personaje se vincula con el sector más radical de la Junta, liderado por Mariano Moreno. Sus conocimientos navales le valieron para que en febrero de 1811 la Secretaría de Guerra lo designe comandante del bergantín 25 de Mayo, de esa “atrevida flotilla insurgente” comandada por el maltés Juan Bautista Azopardo, y el comandante español de la flota que está en Montevideo, un tal Javier de Elío fue el que habló de atrevida flotilla insurgente; tuvo su bautismo de fuego en marzo de 1811 en el combate de San Nicolás de los Arroyos. Lamentablemente fue una derrota.
Pero en febrero de 1813 otro bautismo de fuego, el del Regimiento Granaderos a Caballo al mando de San Martín en San Lorenzo, encontró nuevamente a Bouchard dispuesto a todo. Durante esta batalla quiso quedarse con un souvenir de su primer combate en suelo americano. El caso es que el abanderado español se negaba a entregarle el rojo pabellón. Ahí nomás lo liquidó y se quedó con el rojo pabellón y se quedó con la bandera. Dice el glorioso jefe de los Granaderos en el parte de guerra: una bandera que pongo en manos de vuestra excelencia y que arrancó con la vida del abanderado, el oficial Hipólito Bouchard.
Unos días después y premio a su coraje y por pedido del propio San Martín, la asamblea del año 13 lo declaró ciudadano de las provincias unidas. Por su valor el libertador lo tuvo a su lado a la hora de reemplazar a Belgrano en el Ejército del Norte. Bouchard permaneció varios meses entre Tucumán y Jujuy como capitán jefe de escuadrón.
Llamado desde Buenos Aires pudo volver a su oficio de marino cuando se le concedió el mando de la fragata María Josefa.
Comienzan sus horas mas gloriosas y difíciles después de la declaración de la Independencia, al emprender sus campañas de corso en el Pacifico.
¿Y que era la guerra del corso? Era una forma de combate naval llevado adelante por particulares que recibían una autorización del estado (la patente del corso para hostilizar y capturar naves enemigas) a cambio se beneficiaban con una parte de los bienes apresados.
Como antecedente de este tipo de guerra, allá por 1801, durante el reinado de Carlos IV los españoles aliados entonces de los franceses, utilizaron la guerra del corso contra los ingleses.
El gobierno Argentino de entonces encontró en este sistema una solución ante la falta de recursos para mantener una flota oficial estable.
Fijó premios especiales tendientes a estimular la captura de naves de guerra, transporte de tropas y municiones del enemigo. Cuando un corsario podía capturar una presa debía intentar destruirla por todos los medios.

Corsarios al ataque
Había que expandir y cuidar la revolución y el ministro Juan Larrea elaboró un ambicioso proyecto: enviar un barco a las Filipinas con el objeto de entorpecer el comercio y el aprovisionamiento de las fuerzas españolas del Pacífico.
Larrea envió al catalán Antonio Toll y Bernadet, que había entrado al servicio de la escuadra del almirante Guillermo Brown. Guillermo Brown era irlandés, nació en 1777, siendo muy joven se trasladó a Filadelfia y comenzó su carrera de marino. Su primer llegada al Río de la Plata fue en viajes como mercante y probablemente anterior a la revolución de Mayo, no hay precisión de fecha aunque ya en 1811 se instaló en Buenos Aires. En el 14 el director supremo Gervasio de Posadas le otorgó grado militar y le encomendó la creación de una escuadra para completar el sitio de Montevideo y terminar con el ataque de las naves españolas. En esa campaña triunfó en Martín García, Arroyo de la China y Montevideo, esta incipiente armada nacional contribuyó a la rendición del bastión realista de Montevideo de 1814.
El 10 de septiembre de aquel año el bergantín Primero al mando del catalán Toll zarpó de la ensenada con la bandera argentina al tope y con la orden de destruir el comercio español, llevar la noticia a las Filipinas de la derrota de los españoles en Martín García y Montevideo y encender el fuego de la revolución en aquellas regiones españolas porque los españoles reclutaban sus mejores marineros en Filipinas y alejar en su persecución lo cruceros españoles del atlántico.
Este catalán Toll llegó hasta Calcuta (India) y fue el primero en hacer flamear nuestra bandera en aquellas regiones, hostilizando permanentemente a la flota española.
Y llegamos a 1815 y comenzó la campaña de corso dirigida por Guillermo Brown. El marino irlandés armó por su cuenta la fragata Hércules. Y el gobierno aportó el bergantín Santísima Trinidad que estaría a cargo Luis Brown.
Completaba la flotilla la corbeta Halcón comandada por Hipólito Bouchard. La Halcón escoltaba a la fragata Constitución, en esta fragata viajaban clandestinamente un grupo de patriotas chilenos, para desarrollar tarea de agitación contra los realistas del otro lado de la cordillera.
Brown y Bouchard se reunieron en la isla Mocha, en el Pacífico sur. Frente a las costas chilenas estas pequeñas islas eran famosas por ser el centro de reunión y negociación de los filibusteros y piratas ingleses, franceses, holandeses, y portugueses desde el siglo 17.
Para llegar a este lugar las tres naves debieron pasar el Pasaje de Drake con grandes dificultades; a pesar de esto se produjo el encuentro justo a tiempo. El caso es que en octubre de 1815 pudieron apresar varias naves españolas que fueron la fragata Mercedes, Nuestra Señora del Carmen y gobernadora, y un bergantín, el San Pablo, y decidieron atacar y bloquear el centro de poder español en América del Sur: el puerto de El Callao y hacia allí fueron aquellas dos naves contra la flota española anclada en las cercanías del Lima. Los españoles los esperaban con un poder de fuego de 150 cañones desde los castillos del real Felipe, San Miguel y San Rafael, estos dos grandes de nuestra historia, Brown y nuestro personaje Bouchard bloquearon el puerto por tres semanas y capturaron 9 buques enemigos. Entre sus prisioneros estaban el gobernador de Guayaquil, el duque de Florida-Blanca y su sobrina la condesa de Camargo.
En El Callao, que lucía hasta ese momento con orgullo la condición de invicto, se asustó. Quienes tenían algo que perder, los explotadores de minas y hacienda huyeron hacia el interior con sus tesoros muy temerosos que fuesen presa de los corsarios argentinos.
Con la flota engrosada por las capturas siguieron viaje hacia el Ecuador y atacaron las fortificaciones cercanas a Guayaquil.
La nave de Brown, la Santísima Trinidad, quedó varada por una bajante y fue atacada desde tierra con un saldo de varios muertos. El enemigo comenzó el abordaje. El irlandés intentó una acción desesperada, arriando la bandera nacional y arrojándose al agua. Pero, rodeado de caimanes amenazantes y en medio de un feroz tiroteo, debió volver al buque donde los españoles estaban pasando a deguello a todos los sobrevivientes. Brown, hombre de pocas pulgas, encendió una antorcha y con cara de pocos amigos amenazó con arrojarla a la Santa Bárbara (Santa Bárbara es donde se guarda la pólvora y las municiones). Este evento lo cuenta en sus memorias el almirante Brown de la siguiente manera: en el momento que subía a cubierta la matanza comenzó en popa a estribor; la escena que siguió fue horrible; largos y filosos cuchillos trabajaban en garganta y corazones de nuestros miserables heridos. Tomé un machete en una mano y un fanal encendido en la otra y me dirigí a la Santa Bárbara pidiéndole al capitán de la consecuencia que se encontraba prisionero a bordo, a mi paso por su cabina, que subiera a cubierta y tratara de salvar la vida de mis hombres haciendo poner fin a los asesinatos a sangre fría que tenia lugar, informando al gobernador o al jefe de las tropas que Brown, el comandante y jefe de la expedición patriota, estaba en la Santa Bárbara con la determinación de volar el buque y toda alma a bordo por los aires si él, sus oficiales y gente no prometían darles trato de prisionero de guerra bajo palabra y honor del gobernador.
Los españoles frente a esta amenaza prefirieron suspender los asesinatos. Solo cuando se garantizó efectivamente el fin de la matanza y el respeto por la vida de los sobrevivientes, Brown , con la bandera argentina por todo vestido, se entregó a las autoridades españolas.
Como verás, en estos comentarios sobre nuestra historia van apareciendo aquellos europeos que estaban convencidos de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, es decir: los principios de la revolución francesa. Cuando comenzamos a hablar de los corsarios argentinos aparece Juan Larrea que envía un barco a las Filipinas con un paisano suyo Antonio Toll y Bernard catalán igual que Juan Larrea; respecto de Juan Larrea vale que lo recordemos y/o lo conozcamos.
Larrea nació en Mataró (Cataluña, España el 24 de junio de 1782) llegó a Buenos Aires a principio del año 1800 y se instaló como comerciante. Pese a ser español de nacimiento, simpatizó con la causa patriota e hizo grandes contribuciones económicas para el éxito de la revolución. Fue vocal de la Primera Junta, pero al igual que varios de sus compañeros moneristas perdió su cargo en 1811 y fue desterrado. Regresó a Buenos Aires en 1812 y al año siguiente participó activamente de las sesiones de la asamblea constituyente. En 1814 el director Posadas lo nombró Ministro Secretario de Hacienda. Desde este cargo impulsó la creación de la flota naval al mando de Guillermo Brown. Con la caída del directorio y la asamblea, en 1815 , fue nuevamente desterrado y sus bienes fueron confiscados. Poco después retornó al país y a sus tareas comerciales (caprichoso el catalán).
Año más tarde fue designado con su general en Francia, donde vivió por varios años. Tras nuevo reveses y nuevos desengaños políticos tomó la decisión de suicidarse el 29 de julio de 1847.
Respecto de su compatriota Juan Antonio Toll y Juan Bernard, un héroe nacional del que no conozco ninguna calle en el país, nació en un pueblo llamado Caldechaz cerca de Mataró, cerca de Larrea, el 26 de febrero de 1790. ¿Por qué héroe nacional? Además de sus célebres travesías por los mares de Asia, participó como ayudante del Almirante Brown en la guerra con el Brasil además de haberle hecho como corsario a la flota española tanto mercante, de transporte y como buque de guerra, años muy reconocidos por San Martín por el último desempeño en misiones diplomáticas y científicas para las Provincias Unidas. Murió en Buenos Aires un 15 de julio de 1864.
Volviendo a nuestro personaje central, Bouchard con su jefe y amigo el almirante Brown prisionero de los españoles; él permanecía en la fragata Halcón en la entrada al puerto de Guayaquil y apenas se entera de la captura de su compañero comenzó a preparar su rescate. Mandó a Mariano Insúa con 50 hombres en una avanzada para tomar la fortificación de Punta de las Piedras; después de esto llamó a su cabina a los rehenes españoles y les propuso canjearlos por Brown y sus hombres, aclarándoles que era su única oferta porque el ataque sobre Guayaquil ya había comenzado. Recordemos que Florida- Blanca era el gobernador de Guayaquil y su sobrina la condesa de Camargo que era su prisionero. En el caso que don Florida-Blanca escribió a las autoridades españolas de la ciudad suplicándoles que aceptaran el canje la nota fue llevada por el Teniente Somers (el inglés acompañado por 10 marinos). Los hombres de Bouchard fueron recibidos malamente por el teniente de gobernador, que reemplazaba a Florida-Blanca. Al leer la nota le dijo al inglesito que la suerte de Brown estaba echada, puesto que el Consejo de Guerra había decidido condenarlo a la horca. Este pícaro inglesito Somers se adelantó a los deseos de Bouchard y le comentó en un tono jocoso que si esto ocurría iba a adornar el palo mayor de la fragata Halcón con los cuerpos del duque y la condesa colgados. El jefe español le advirtió que una armada al mando del Capitán Toledo venía desde el Callao a capturar a los insurgentes de Buenos Aires.
El inglesito Somers le mandó su cordiales saludos a Toledo (naturalmente que el cordial saludo consistía en mandarlo a la parte más alta del palo mayor de la fragata Halcón, es decir, al carajo).
Somers volvió a la fragata e informó las novedades a su jefe. Bouchard volvió a reunirse con su prisionero Florida-Blanca y le comunicó su decisión: rescatar a Brown como sea. Esa misma noche eligió 300 hombres que se embarcaron en 10 botes, con el propio capitán a la cabeza, desembarcaron en Punta de las Piedras para reunirse con los 50 hombres que estaban con Insúa.
Guayaquil descansaba tranquilo convencido que los argentinos no se atreverían a atacarla por temor a la represalias que pudieran tomarse en las personas de Brown y sus compañeros, habían sido condenados oficialmente a la horca. Esa misma noche, el teniente gobernador suplente Toledo daba una fiesta en su residencia para festejar el triunfo sobre los corsarios argentinos pero muy pronto se le iba a atragantar la fiesta.
Bouchard formó a sus hombres en dos columnas, guiada por indios que adherían a la causa patriota. En unas horas el palacio fue rodeado y Bouchard intimó a las autoridades a rendirse. El teniente Toledo envalentonado por unas cuantas copas de más, le contestó que tenia suficiente pólvora para resistir y esto fue lo que esperaban los corsarios para entrar en acción.
En poco minutos no encontró un vidrio sano en toda la fortaleza y los balazos argentinos pasaban cada vez mas cerca de las pelucas de las señoras y señores de Guayaquil, que optaron por rendirse pero exigían algo que ellos nunca habían cumplido con sus prisioneros y esclavos: ser tratados como gente. Bouchard con su muy valiente desenfado reconocido les contestó que no estaba en condiciones de exigir nada que le abrieran las puertas o la demolería a tiros.
Ante tal caballeresca y gentil invitación, el teniente de gobernador abrió el enorme portal de madera tallada y la fiesta cambió de dueño. Los marinos argentinos festejaban la toma de Guayaquil a cuenta de la corona española.
Bouchard exigió la inmediata libertad de Brown, sus hombres y de todos los patriotas ecuatorianos detenidos en las mazmorras de Guayaquil. A los pocos minutos todos fueron liberados.
Pero la entrevista de Guayaquil no había terminado; faltaba la ultima imposición del corsario; el pago de un impuesto revolucionario de 50.000 onzas de oro; este impuesto era para respetar sus vidas y haciendas en caso de no pagar se acababa el respeto.
Terminada la fiesta, nuestros bravos corsarios, recordando aquello de 100 años de perdón el que le roba a un ladrón se llevaron recuerdos del palacio de Guayaquil (recordemos el combate de San Lorenzo cuando él se queda con la bandera española liquidando al oficial que la llevaba) lo que creyeron conveniente: tapices, gobelinos, vajilla de plata y oro, botellas de vino españoles y portugueses, todo fue cargado en la fragata Halcon y a la recuperada nave de Brown la Santísima Trinidad. Bouchard y sus hombres tenían garantizada la retirada porque tenían como rehenes al gobernador Florida-Blanca y a la condesa de Camargo que fueron liberados más adelante.
Después de esta incursiones de nuestros corsarios, la corona española comenzó a sentir un sano temor por la acción de los patriotas y emitió un comunicado dando cuenta de los estragos producido por nuestros buques: dice la corona española que son ya muy graves y dilatados los perjuicios y daños que causan al estado en general y a mis vasallos en particular; los buques armados por los insurgentes o rebeldes de mi dominio de América en todos aquellos mares, interceptando la navegación y el comercio , impidiendo el trato frecuente y estrecho que conviene a uno y otros introduciendo armas y municiones en los puntos en que continúa el fuego de la rebelión.
San Martín no ocultaba su alegría por la acción de sus compañeros en el mar: mucho daño están haciendo nuestros corsarios al comercio español ¿quien le habría de decir a los maturrangos semejante cosa? ( San Martín usaba este término para referirse respectivamente a los españoles. Los criollos llamaban así a los malos jinetes y a los torpes en las tareas rurales. También usaba el término “matungo” que significa caballo viejo e inservible, y lo usaba para los oficiales de mayor rango, de coronel para arriba).
Una vez finalizado el asalto a Guayaquil, Brown y Bouchard se dispusieron a descansar y repartirse lo que habían traído de allí; esto ocurrió en el maravilloso paisaje de las islas Galápagos frente a Ecuador, territorio de gigantescas tortugas como testigos, el festín era fastuoso. Allí se amontonaban tapices de Flandes capturados en el palacio gubernamental de Guayaquil, bolsas de cuero repletas de monedas de oro, cajones con barras de plata, vasijas llenas de pepita de oro, vajilla de plata peruana, candelabros de oro y plata. Todo se repartió equitativamente entre los jefes y sus tripulaciones. Bouchard se quedo además con la fragata Consecuencia y decidió volverse a Buenos Aires.
Guillermo Brown y su hermano Luis resolvieron continuar la guerra de corsarios en las Antillas. Pero en septiembre de 1816 fueron capturados por un buque inglés cerca de la antigua y juzgados en la isla antillana por una corte británica que los condenó a prisión bajo la tramposa, filibustera y absurda acusación de haber doblado el Cabo de Hornos sin la autorización de la honorable “compañía de las indias orientales”; el caso es que la nave de Brown fue incautada por los piratas a sueldo de su graciosa amistad. En 1817 el irlandés y su hermano pudieron viajar a Londres y enfrentar el juicio que duró un año y medio. Recién entonces pudo regresar con su familia a Buenos Aires.
Como habíamos visto Bouchard se había quedado con la fragata española Consecuencia y decidió cambiarle el nombre y bautizarla La Argentina, este corajudo corsario Bouchard encaró y dobló el Cabo de Hornos de puro guapo y sin permiso de la compañía. En Buenos Aires se puso en contacto con el abogado Vicente Anastasio Echevarría (don Vicente Anastasio Echevarría había nacido en Rosario de Santa Fe, en 1768; estudió en Chuquisaca. Acompañó a Belgrano en la misión en Paraguay entre 1815 y 1820, se dedicó comercialmente a armar barcos para corsarios. Falleció en 1857) Este abogado se convirtió en el armador corsario de una expedición soñada por Bouchard: la primera vuelta al mundo de una nave que lleva los colores de la bandera nacional y en noviembre de 1816 el departamento de guerra lanzó el decreto que habilitaba los contratos con corsarios para hacerle la vida imposible a la flota española; la cuestión es que se reglamenta toda una introducción para legitimar esta forma de guerra – vamos a citar algunos de los artículos que dicta el gobierno, por ejemplo: Art. 1: el gobierno concederá patente de corso a todo individuo que solicite armar algún buque contra la bandera española. Art. 2: los oficiales de los buques de corso quedan bajo la protección de las leyes del estado y gozarán, aunque sean extranjeros, de los privilegios e inmunidades de cualquier ciudadano americano, mientras permanezcan en servicio; así llegamos al Art. 12 y último: el gobierno promete un premio a todo corsario que haga presa de transporte enemigo.
Como ya habíamos dicho Bouchard había tomado prisionera la fragata española
Consecuencia, le cambió el nombre y le puso La Argentina… Esta es la primera parte de la historia de Bouchard.


Miguel Lerner

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