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13 de junio: día del escritor

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Caleta Olivia
Hoy se celebra en Argentina el Día del Escritor por ser la misma fecha del natalicio de Leopoldo Lugones, quien naciera un 13 de junio pero del año 1874, en Villa María del Río Seco, Córdoba. Así lo dispuso, luego de su muerte, la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), institución fundada por el propio Lugones en 1928.
Lugones fue una de las figuras más influyentes de la literatura Iberoamericana y el máximo exponente del modernismo argentino; considerado por figuras como Jorge Luis Borges como “el máximo escritor Argentino”. En 1987, ya instalado en Buenos Aires, fundó junto a José Ingenieros el periódico socialista “La Montaña”, desde donde critica la postura del partido liderado por Juan B. Justo.
En 1893 publicó “Los mundos”, un poemario que no despertó muchos comentarios. Sin embargo, luego de su encuentro en 1896 con el poeta nicaragüense, Rubén Darío, su poesía dio un giro y en 1897 publicó “Las montañas de oro”. Siguieron “Los crepúsculos del jardín” en 1905 y cuatro años después, en 1909, “Lunario sentimental”. En estos dos últimos libros se puede identificar la influencia de Darío en su creación, que se caracteriza por su originalidad y la belleza lírica de sus versos.
Lugones se destacó por sus relatos en “Las fuerzas extrañas”, de 1906; “La torre de Casandra”, en 1919; “Cuentos fatales”, en 1924”, y La patria fuerte, en 1933. También publicó novelas históricas, como “La guerra gaucha”, en 1905; y en 1926 “El ángel de la sombra”.
Fue director de la Biblioteca Nacional de Maestros, colaboró en La Nación, y en 1926 ganó el Premio Nacional de Literatura.
Leopoldo Lugones estuvo muy vinculado a la política desde sus inicios en Córdoba, aunque su ideología fue cambiando y pasó por el socialismo, el liberalismo, el conservadurismo y el fascismo. Apoyó el golpe militar de 1930 liderado por el militar José Félix Uriburu, que derrocara a Hipólito Yrigoyen, y fue el autor de la famosa frase: “Ha sonado otra vez en América, para el bien del mundo, la hora de la espada”.
Finalmente, el 18 de febrero de en 1938 se suicida en “El Tropezón, ubicado en el Delta del Tigre, tras ingerir una mezcla de whisky y cianuro. Acerca de los motivos de su decisión de quitarse la vida hay muchas y diferentes versiones.

El último intelectual
Fue el último intelectual total o, mejor dicho, el último en intentar ser ideólogo y protagonista, a la vez, de un proyecto político. Esa saga se inicia con Mariano Moreno y culmina con él. Se sintió el heredero de Domingo Faustino Sarmiento y buscó asemejarse hasta en sus propias y específicas frustraciones. En el ensayo Lugones, entre la aventura y la cruzada, la socióloga María Pía López comenta: “En su Historia de Sarmiento es clara la elección de un modelo y un precursor. Defiende la causa defendiendo al modelo del intelectual heroico. Construye un linaje, del cual es la continuación. Quiso ser Sarmiento: escritor y presidente. Y quedó atrapado en la tensión de ver sin ser visto.”
Esta suerte de “incomprensión”, atizada por el vate cordobés, de parte de los sectores populares hacia su tarea como pensador público, lo llevó a pensarse en clave jerárquica, ornamentado por el bronce de creerse un hombre superior. En ese núcleo trágicamente equívoco, puede pensarse su postrera conversión: la que lo llevó a decretar en 1924, en ocasión del aniversario de la Batalla de Ayacucho, “La hora de la espada”, y que cristalizó con su intención raudamente frustrada de erigirse como el intelectual de la dictadura iniciada el 6 de septiembre de 1930 y que inició la serie golpista con la que el Partido Militar mantuvo en vilo a la democracia en la décadas subsiguientes.
Pese a los intentos posteriores de algunos de sus discípulos y seguidores que buscaron escindir al intelectual político del hombre de letras, la fuerza vital que lo guió tuvo siempre, para bien o para mal, un fondo ético y moral que él mismo se encargó de expresar. En el prólogo a una Antología Poética de Lugones, Jorge Luis Borges asegura: “Vencedora la revolución militar de 1930, Uriburu le ofreció la dirección de la Biblioteca Nacional, cargo que él habría honrado. Lugones lo rehusó, alegando que el amor de la patria lo había llevado a participar en la revolución y que, por consiguiente, no podía aceptar de su triunfo un beneficio personal.”
En estas breves líneas, lo que se busca es recordar al autor de Las Fuerzas extrañas en toda su complejidad, sin caer en las simplificadoras y vacías etiquetas que suelen brindar las canonizaciones.
Lugones pasó sus primeros años en el campo. Sus vivencias y correrías infantiles allí dejarían una marca permanente en su vida adulta. A los 12 años es enviado al tradicional colegio Nacional de Monserrat de la capital cordobesa. Por ese entonces, traza sus primeros versos y crece su afición por la lectura. A los 16 años, inicia su carrera periodística en el periódico La Libertad. Por ese entonces, simpatizaba con las ideas anarquistas y, al poco tiempo, publica sus primeras composiciones con el pseudónimo de Gil Paz. A los 20, se traslada a la Buenos Aires e ingresa en la redacción de El Tiempo. Allí traba amistad con Rubén Darío, el poeta nicaragüense y máximo representante del modernismo latinoamericano. Lugones pasaría a la historia como el gran poeta modernista del Río de la Plata. En 1909, le dedicaría a Darío su Lunario Sentimental.
Afiliado al Partido Socialista, junto con José Ingenieros, fue la pluma irreverente en el periódico partidario, La Montaña. En 1987, cuando publicó su primer libro de versos. En ese mismo año, nace su único hijo, Leopoldo, futuro creador de la picana eléctrica y jefe de la policía durante la década infame. Su nieta, Pirí Lugones, fue integrante de Montoneros, y es una de los 30 mil desaparecidos por la última dictadura. Pirí solía presentarse como “nieta del poeta, hija del torturador”. En la saga de los Lugones, se reflejan el drama, los desencuentros y la violencia que atravesaron a la propia clase dominante argentina desde 1930. Desencantado con la política argentina, insatisfecho por su tarea en una biografía de Roca en la que no podía avanzar y sacudido por una infidelidad, Leopoldo Lugones decide terminar con su vida al ingerir una mezcla fatal de whisky y cianuro en una isla del Delta, en 1938.


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