Caleta Olivia
Santa Cruz
Argentina
11/02/2016

ENTRE ELLOS, AL VELERO MÁS GRANDE DEL MUNDO
Descubren naufragios en el Golfo

Capital Federal
La mañana del 3 de enero de 1846, un fenómeno climático que fuentes de la época describirían como un “huracán” arrasó unos 80 kilómetros de la costa patagónica desde la Bahía de Camarones. Una carta datada el 24 de ese mes, ofrece detalles del desastre naval que provocó y revela que en ese momento debía haber “no menos de 300 barcos de diferentes puertos de Inglaterra, Escocia e Irlanda, así como de Francia y otros puertos extranjeros” que llegaban a la zona en busca de guano y materias primas.
Se sabe que el evento provocó cuantiosas pérdidas materiales y humanas. Tal vez, algunos de los barcos hundidos sean parte del tesoro submarino que ahora, 170 años más tarde, acaba de localizar en la cabecera norte del Golfo San Jorge el equipo de arqueología subacuática del Instituto Nacional de Arqueología y Pensamiento Latinoamericano (Inapl).
“Durante el 2015 hicimos dos campañas, en marzo y en noviembre, en el nuevo Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral”, cuenta Cristian Murray, director, junto con Monica Grosso, de este proyecto de investigación.
“Es el primero que abarca una porción de mar, una franja de un kilómetro o un kilómetro y medio de costa, y una serie de islas”, dice. Los resultados fueron excelentes: los científicos detectaron siete lugares de naufragio, tanto bajo el agua como en el espacio intermareal.
“Encontramos restos de veleros de diferente tamaño”, agrega Murray. “Algunos medianos y otros muy grandes, como una fragata de bandera chilena pero de construcción alemana, de cinco palos y 110 metros de eslora que se hundió en 1925. Ese barco, el Potosí, en su momento fue el velero más grande del mundo. El constructor confiaba en la vela aunque ya se contaba con motores a vapor. Y lograba velocidades muy grandes: ostentó el récord del cruce del Atlántico a vela en dos oportunidades”, cuenta.
El Potosí llevaba nitrato del norte de Chile, que se utilizaba como fertilizante y para fabricar pólvora, y traía de vuelta carbón. En una de las travesías se prendió fuego. Lo localizaron a 18 metros de profundidad en un lugar bastante alejado, una hora mar adentro. “Había sido avistado ya hace treinta años por un buzo muy amigo nuestro, que fue nuestro instructor, “Pancho” Requelme”, recuerda Murray.
Murray integra el equipo de arqueología subacuática desde 1995, después de su paso por la Facultad de arquitectura, donde un profesor lo entusiasmó con la historia marítima.

Tránsito
Junto con Mónica Grosso, que había hecho sus primeras incursiones en el buceo cuando supo de las investigaciones en naufragios y se incorporó, siendo todavía estudiante, en el grupo que dirige Dolores Elkin para hacer su doctorado sobre la corbeta Swift, otro hallazgo del equipo, obtuvieron financiamiento de la Unesco para explorar la zona que en el siglo XIX tenía un intenso tránsito marítimo comercial.
“Hubo más de 300 años de navegación en la zona”, destaca Soledad Carcotche, arqueóloga de la oficina regional Patagonia de Parques Nacionales que asesora el programa de patrimonio cultural, que trabajó con el grupo para hacer la “línea de base” que permite gestionar de manera adecuada el área. Parques Nacionales los apoyó con embarcaciones, traslados con vehículos y asistencia permanente de los guardaparques, sin cuyo sostén logístico hubiese sido imposible llevar adelante el proyecto.
Las rutas de navegación pasaban cerca de la cabecera norte del golfo y seguían hacia Cabo Blanco (el extremo sur) -explica Murray-.
El área atrajo a muchos navegantes que buscaban fauna para explotar, como los lobos marinos (sobre todo los «de dos pelos»), de los que usaban el cuero y la grasa. Otras dos especies tenían un particular interés económico: los pingüinos, que hervían para extraer el aceite para iluminación, y las ballenas, cuya caza fue una industria que movía millones de dólares cuando sus «barbas» se usaban para corsetería, a la manera del plástico actual.
El guano de los cormoranes, que se acumulaba en gruesas capas sobre las rocas, se recolectaba y se utilizaba como fertilizante.”

Fundación
La historia de esos días en que la Patagonia era patrimonio de los indígenas y prácticamente carecía de poblaciones está muy poco explorada.
“Alrededor de 1850, ingleses y franceses llegaron a instalarse en las islas, a construir casas y barracas -detalla Murray-. Era un territorio con muy poca presencia del Estado Nacional.”
Por ejemplo, en 1535, un año antes de que Pedro de Mendoza intentara la primera fundación de Buenos Aires, llega Simón de Alcazaba fundó allí una provincia en nombre del rey de España y un pequeño poblado que bautizó “Nueva León” en lo que hoy se llama Caleta Hornos. Después de algunos meses, amotinados de su propio bando lo matan y se vuelven a España.
Guiados por datos dispersos y testimonio de habitantes de la zona, los científicos decidieron explorar siguiendo las directivas de la convención de la Unesco de 2010, que protege los restos culturales sumergidos temporaria o permanentemente en el agua durante más de 100 años.
“Nos propusimos hacer una primera etapa de prospección e identificar sitios de interés -agrega Murray-. Los seleccionamos a lo largo de 180 km de costa a partir de información histórica de los lugares donde se había desarrollado mayor actividad o hundimientos, aunque los registros son bastante pocos detallados.”
Usaron dos técnicas: con buzos y a pie en la costa, ya que en la zona hay una diferencia de cuatro metros entre la marea alta y baja, donde se pueden depositar restos.
Así, en zambullidas de unos cincuenta minutos por vez, los arqueólogos también encontraron el Villarino, un barco a vapor y a vela. Como dato curioso, el Villarino es el que repatrió los restos de San Martín en su viaje inaugural, pero también hizo más de cien viajes a la Patagonia. Era el transporte de la Armada, llevaba víveres y traía fardos de lana.
Otros de los restos corresponden a barcos de madera todavía no identificados y a cuatro botes. “Muchos de estos restos se sabía que existían, pero en forma aislada -destaca Grosso-. Nuestro trabajo es darles sentido, armar el rompecabezas, conocer qué pasaba en la zona, entender qué estaban haciendo los barcos ahí, reconstruir la historia de estos pequeños pueblos.”
En las islas encontraron construcciones de piedra asociados con la ocupación de franceses e ingleses: diques para juntar agua de lluvia, barracas, y también vajilla y bastante material de cerámica y vidrio.
Aunque están en la etapa del primer procesamiento de los datos, los investigadores quieren seguir trabajando en los naufragios. “Nuestra idea es que no sea sólo un aporte histórico -concluye Grosso-, sino que también nos sirva para pensar qué hemos hecho con el mar, con sus recursos. Recomponer una dimensión de la historia diaria de esta zona”. (Fuente: La Nación)



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